
El día empezó pronto para mi. A las 6:30 sonaba el despertador, ducha, desayuno y al tajo. Como el día anterior mi trabajo me llevaba a Vic donde, si las cosas no salían como esperaba tendría que volver hoy.
Por la hora que era no encontré excesivo tráfico aunque la espesa niebla de la comarca de Osona no me hizo del todo fácil el viaje.
A las 8:30 llegaba a las afueras de Vic donde se encontraba la empresa en la que me tocaba trabajar. Allí la niebla había desaparecido y el sol brillaba en un bonito cielo azul.
El trabajo salió rodado, tanto que hasta tuve algo de tiempo para visitar Vic, ciudad a la que nunca antes había ido. Paseé por sus céntricas calles, visité la plaza principal y la catedral. Seguramente por que en estos momentos estoy acabando "La Catedral del Mar" pasé un magnífico rato imaginando en aquella preciosa plaza el bullicio de la gente allá por la Edad Media.

Finalizada la visita turística y con algunos souvenirs gastronómicos en el coche tomé dirección a Barcelona.
Antes de entrar en la C-17 que une Barcelona con Vic, encontré a un hombre de unos 50 años (luego resultó tener 43) con aspecto de árabe haciendo auto-stop. Su cara triste y algo demacrada me hipnotizó e hizo que parara.
Mohamedd, como aquel hombre decía llamarse, empezó hablándome en árabe creyendo que le entendía, lo que motivó las primeras risas antes siquiera de saber cuál era el destino de cada uno.
En teoría nuestro caminos no iban en la misma dirección, puesto que él se dirigía al norte (Puigcerdà) y yo al sur pero después de pensar un momento decidió venir conmigo, aduciendo que poco tenía que perder con aquel repentino cambio de rumbo.
Mohamedd y su maleta subieron al coche y la verdad es que tuve un viaje de lo más entretenido. Él llevaba 18 años en España trabajando de paleta pero la dichosa crisis lo había llevado al paro. Sin dinero, sin alojamiento y con tan sólo una maleta, aquel pobre hombre iba en busca de alguna oportunidad.
En cierta manera me recordó a mi padre cuando hace ya casi 50 años llegó a Barcelona con tan sólo una maleta y unas monedas en busca de una mejor vida.

En el camino tuvimos tiempo de hablar de nuestras familias, de mis viajes a Marruecos, de la situación económica del momento y de contarnos algunas anécdotas divertidas. Y claro está de convertirlo al sevillismo.
Llegados a Barcelona y viendo que llegaba con tiempo a mi destino lo acerqué a una parada de metro para que, una vez en la ciudad, decidiera su próximo destino.
Con un apretón de manos y un deseo de suerte mutuo nos despedimos y Mohamedd y su maleta quedaron atrás.
El próximo destino era el ginecólogo, donde Clara y su barriga debían pasar la pertinente revisión.
Las noticias no podían ser mejores, después escuchar el latido del corazón de Pol y de ver alguna de sus extremidades en la pantalla el médico nos dijo que el bebé estaba bastante crecido (símbolo de buena salud) hasta el punto de pesar casi medio kilo más de lo esperado.
Con una sonrisa de oreja a oreja salimos de la consulta imaginando como será el día que le podamos ver la cara y cogerlo entre los brazos. La verdad es que la espera se hace eterna, sobre todo ahora que se acerca el gran día.
Ya no tenía ninguna otra cita a la que acudir más allá de llegar a casa y esperar leyendo mi libro que llegara la hora de ver jugar a mi equipo.
Me adentré una vez más en las aventuras de Arnau Estanyol en la Barcelona del siglo XIV y sin darme cuenta pasaron las casi dos horas que faltaban para que el árbitro hiciera sonar el silbato.

De las siguientes dos horas no creo que haga falta explicar mucho. Como ya me había pasado a lo largo del día, otra vez me volvía a invadir esa sensación de satisfacción por lo vivido y al poco tiempo esa sensación se convirtió en la típica pesadez de ojos que anuncia la llegada del sueño.
Ya en la cama y con tranquilidad del silencio nocturno repasé mentalmente el día que dejaba atrás y sentí tal sensación de satisfacción y alegría que decidí que hoy debía compartirla con vosotros.



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